Thomas Merton: la conversión como arduo camino y los temores del mercado

En "Las Confesiones" de San Agustín de Hipona, el Santo Doctor cuenta su conversión por una iluminación tan cara a la tradición platónica. Es recomendable leer ese bello pasaje donde debajo de una higuera y entre sus propias lágrimas escucha un llamado a leer y a creer. Mucho más acá del globo, cuenta Leopoldo Marechal en su vida de Santa Rosa de Lima, que esta joven muchacha del antiguo Virreinato decidió creer y se sometió a los más brutales autocastigos que la llevaron a la muerte. Si bien Agustín y Rosa no fueron "iluminados/as" del mismo modo, en elles hay una especie de pasaje inmediato, entendible en su tiempo de discursividad cristiana dominante. En cambio, en su libro de memoria "La montaña de los siete círculos", Thomas Merton vivió, como un joven de familia estadounidense, su primera niñez en Francia y luego se traslada a EE.UU. donde nunca se conectó con el cristianismo protestante ni con el anglicano al que consideraba una narrativa que solo surge de cambiar los términos "caridad" y "misericordia" por "cabarellosidad". En ese rechazo, las disciplinas católicas contemplativas se le presentaron a Merton como una salida radical del "decoro" y la "tibieza" pequebu de los países anglosajones. En él, el catolicismo en su versión trapense fue una acción de compromiso radical de contemplación y trabajo frente a la exterioridad de las versiones anglicanas y protestantes episcopales et. al. Pero allí no se quedaría. En sus posteriores escritos como "Incursiones en lo indecible", Merton arremetió contra el origen de todos los males: la mercantilización en cualquiera de sus formas. Asi, la "conversión" en Merton nunca terminó. Ni aún el certero tiro que la CIA le pegó por su compromiso político, porque  los servicios y a las corporaciones le temen a lo que dicen amar: al vaiven del mercado. Por eso siempre van a lo seguro.