La nación ciega al dolor

En su maravillo libro "La isla de los ciegos al color" de Oliver Sacks, este neuroantropólogo arremete contra el positivismo desde sus propias entrañas al visitar a una isla en la que el poder médico hegemónico, hermano de policial, el judicial, et. al., se le antojó que la población tenía una alteración que solo le permitía ver tonalidades de grises, negros y blancos no visibles para nuestros ojos "normales". Y de esta constantación, Sacks arremete contra la pretensión del binomio normalidad-anormalidad que busca y busca en un harina hecha en base a semillas de una palmera el supuesto agente blanconegreador de la visión. Pero Sacks, en esa línea del humanismo a lo Dewey, se cambia la preguntas y va por el lado ¿Y si el problema es el régimen por el cual calificamos los colores y no lo colores? Es decir ¿Y si el color no es un propiedad normal y adecuada de entes en el mundo, sino de nuestros sistemas de calificación/cualificacion y resulta que hay otros que no resisten ya el anatema normalidad-anormalidad?

Pues bien, Sacks tiene razón. De manera más contemporánea, Carlos Escolari ensaya una teoría de la interfaces como esas dimensiones prácticas donde experimentamos lo real y lo convertimos en la realidad. De ese modo, allí donde una señora demodé cree ver invasiones aliegnígenas, otres vemos revuelta popular. No hay disputa de interfaces: hay una interface facha con rifles de pacos y otra de cohetes y marchas.

Pero el problema no es la "disputa" por el sentido, sino el fascismo que mata, reprime y arranca ojos porque parece ser que por más que podrían jugar la carta de la relatividad, no quieren que se vea el Chile real que afloró ya con el Tsumani, pero que gracias a los servicios de la socialdemocracia de la Concertación se pretende volver a la "¡Total normalidad mi Cabo! Cuando hay golpes de estado y tortura no hay "disputa de sentido" (esto lo aprendí, espero que bien, de Alejandro Kaufman), sino querides hay ¡Violación de derechos humanes! Y no hay lugar de espectadores, somos victiamarie o vícitimas.

Por estas hora Chile da muestra de esa bravía que el Pinocho fascista había parecido quebrar. El Chile de la revuelta es imagen, orgullo, fiesta, lucha; pero también dolor de muertes, torturas y violaciones. Por eso "cegar" de manera literal a jóvenes manifestantes parece un horrible mensaje para que los 30 años de la dictadura soft del consenso derecha-Concertación prosiga. Quizá por eso es tiempo de que miremos aunque duela: las marchas, las transmisiones por redes, retransmitir, marchar, luchar, denunciar a la OEA y a la lentitud de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, una de las perpetradoras ligth (como si fuera posible) de los los 30 años de oprobio que hoy estallan en la renombrada plaza dignidad. 

Les estamos viendo. Nos estamos encontrando en la "abierta alameda" y en los juicios inexorables a los que quebraron miradas.