Ken y Ken, latinos bien

Cuestión de época

(Publicado en el Suplemento Soy de Página 12)

"Soy voluntario y vengo a rescatarles intelectualmente ¿Conocen a Butler?". "Revolución es dejarlo todo y viajar a la selva con plata de la beca/ Criollos sin fronteras". "Que sea gay no significa que me guste que me hablen en femenino. En biología hay dos géneros, el resto es capricho/ Los estragos de la ciencia popular..." Ken y Ken es una fan page con solo 15.000 seguidores. Cifra baja si la comparamos con otras por el estilo. Quizá ese número se deba a que devuelva un bonito espejo para un modo de habitar la contemporaneidad. Prolijitos muñecos rubios (en franca mayoría), latino lovers en segundo lugar y fashionistas afro en el tercer escalón: todos son parte de ese universo que no es nuevo porque se viene gestando como una realidad a destiempo. "Ken y Ken" no critican la corrección política "per se" (blanco del dardeo fácil de las derechas, izquierdas y populismos neoconservadores), sino a ese uso en desuetudo de discursos que fueron parte del horizonte de los 90 que hizo de la "diferencia" una trinchera plegable para producir algo más que una fiestita folklórica de pasarela. Al contrario, la pasarela y su visibilidad fueron en aquellos años el lanzador de misiles de presencias que mostraban caras de una desigualdad que no se celebraba como tal, sino que hacía de la fiesta y el goce la escenificación de otra vida posible.


A los brochazos

Hace poco alguien exigió terminar con las historias de brocha fina y hacer otra de brocha gruesa, con tono de tragedia, haciendo anatema, como al pasar, de las "pequeñas" historias. No vamos a entrar a discutir los modos en que cada uno se autopercibe... en la historia, pero ese exabrupto ya lo habíamos escuchado con tonada idéntica y letra cambiada. Cuando en los años 90 las travestis quemaban sus DNI frente al Centro Cultural San Martín donde funcionaba la legislatura al comienzo de la maldita autonomía porteña, danzando alrededor de esa pira chirriante porque no las dejaban entrar al debate sobre los intentos de reforzar el inconstitucional Código Contravencional de la Ciudad de Buenos Aires. A pocas cuadras de allí, en Filo y Socio de la UBA, ese reservorio de neocons, la prosapia que hoy pide brochazo se perdía del barro de la historia, que reivindica como propio, que producía el polvo de la fogata y el rimmel barato.

También fue por aquella época en la que los milicos gozaban de su indulto. Los "juicios por la verdad" y "por apropiación de niños/as" ya no serían las únicas resistencias desde donde poder luchar no una pelea de nombres propios, sino contra un modelo de convivir en el que se trataba de reinstaurar, por vía las "finas" o "pequeñas", regulaciones autoritarias: el escrache como metodología de H.I.J.O.S. ya se extendía como protesta con música y cotillones no solo a casas de la "fuerza", sino a la de ministros de economía y cómplices civiles. Sin embargo en los bunkers del pensar crítico nada se bifurcaba, el llanto por la ausencia de política llegaba a que un macho de la manada se permitió una contratapa en el diario Página 12 donde con las categorías de "ser" y "esencia" llegó a decir que las travestis "no son", o "son apariencia", lo que por un per saltum lo llevaba a concluir que esa lucha era inútil. Días después, Sandra Russo lo fulminó atacando los presupuestos de su utopía donde solo habría, parece, "hombres nuevos", no mujeres, putos o trans.

En ese clima donde el neoliberalismo menemista (apoyado por actuales conversos/as y ¡no vengan con lo de los pies y el plato!) votaba en la ONU con el Vaticano y los países musulmanes todo lo que implicara temas de derechos, y no solo LGBTIQ, se nos impuso el mote de "fragmentación" desde esa mirada obtusa de las ciencias sociales, que cuando no entiende el fondo, se relame en el paper corto que cree amerita un trazo "fino", pero que igual les suma para bancomundialista CONADU que les reserva un lugar en esos bunkers. Ser puto, torta, trava, india, migrante, negra, puta, "tener sida", hacer arte desde la "belleza y felicidad" eran modos de habitar esa desigualdad a la que nos habían condenado como tragedia, pero a la que no se le dio el gusto porque se resistió con comedia, cabarute, fiesta y provocación.

En ese desconcierto, Butler, la decolonialidad, la deconstrucción, lo queer y otras yerbas a las que "Ken y Ken" muestran en su inocuidad actual eran performatividad, antiimperialismo, critica contaminada y articulación que marcaron nortes, mapas, recorridos que sumaron a otros que permitieron que en nuestro país los milicos estén en cana, que haya más derechos, el aborto sea marea verde y que el discurso de la igualad, que se hizo en nombre de la diferencia, hoy forme parte de horizonte en disputa del sentido común criollo.


El tiempo deconstruido

"Ken y Ken" no son un síntoma, sino un "analizante": un punto de vista desde el cual podemos reconstruir como en nuestro país muchos/as que se reían con desprecio de la posibilidad del matrimonio igualitario, hoy escriban sobre proliferaciones sexuales y loas a Didier Eribón, el del instante frágil, el que se autoconvenció (autonomía total) a apoyar el matrimonio igualitario no porque acordara con esa institución "vestusta", sino porque "sentía" en los casorios que algo le estaba vedado: ¡Tan francés! La acidez de estos muñequitos que promueven a los "Criollos sin fronteras" en sus andanzas con guita paterna o becas internacionales de universidades gringas para criticar el colonialismo, o las prácticas del veganismo y de caridades laicas varias como eslabones de la revolución está bien revoleada a quienes todavía le siguen dando lata a un concepto como el de performatividad que Judith Butler amasó en los 90, pero que estos años la encuentran como una de la pocas (ningune de nuestres barroses de la historia está) firmantes del Boicot a Israel y escribiendo sobre sionismo y desposesión, debates algo más interesantes que para ser charla de un té con reservas. Porque el tiempo existe y vuelve caduca a cualquier pincelada, gruesa o fina, dicotomía que en última instancia olvida que la brocha gorda no es más que articulación de trazos finos, la que se puede armar de modo estratégico o berreta: si te quedan algunos pelos pegados en la pared seguro todo se te descascara más rápido. "Ken y Ken" están aquí, para revolearnos un discurso que se forjó en luchas contra opresiones, pero que el fetichismo lo alcanzó, como al pretendido "barro de la historia" en el que desde hace tiempo pelean señoritas en bikinis ¡Pasen! ¡Entren y vean! (pero no se quede con el fragmento)


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