Rusia 1

El año próximo quiero viajar a Rusia. Ya no se si la idea es mía o me se la robé a mi amiga María Sucarrat. Entre el transiberiano, el amor a Putin de otras amigas, el extrañar a los BRICs, la discriminación LGBT de propio presidente de apellido sugerente en este campo, mi paso por el Partido Comunista durante la fiesta neoconservadora del peronismo con Menem y la fascinación por lo que pudo ser la Unión Soviética son algunas de las causas por la que se amasó este deseo o "jotrapa de zapa" con las ganas sucarratianas. Obvio que  entre mi deseo y Rusia está la brutal devaluación del gobierno del macrismo y la UCR oficial. Lo haga o no, decidí que antes quería leer sobre Rusia. La pregunta que me surgió y me sigue insistiendo es ¿Cuál Rusia? Ahi comenzó un itinerario de libros que van de la época de la época zarista a la época de la Revolución, todo condimentado con algunos documentales de Netflix ¡Acá van algunas estaciones de ese viaje que ya empezó!

Estación Maiakovski

Supe de él en los años 90 por la lectura de las desgrabaciones hechas por SIM de los teóricos de Análisis Literario que dictaba Jorge Panessi: Maicokski, los artefactos culturales, Williams, marxismo inglés, E.P. Thompson eran para un sistemático estudiante de las versiones de Crítica de la Razón Pura al que solo ofrecían lecturas literales (¡cómo si existieran!) un vientazo de frente y sin anteojos al que Silvia Delfino nos animó a ponerle la jeta. 

Eran los 90 donde la filosofía solo tenía algún remozón en materias donde antiguos adoradores de los valores a lo Hartman ahora aterrizaban con Richard Rorty. Y donde en las cátedras socialdemócratas de "pensamiento argentino" (tarde entendí  porque no nos creían, y aún hoy, plausibles de producir filosofía) se ensayaba un lectura de "las ideas" en marcos y en textos, algo que para un anquilosado puerto de importación (bastante eficaz) de elucubraciones europeas y estadounidenses era una novedad que te obligaba a que la redacción de la tesis fuera como la elección de un marido: tema y problema.

Oí de Maiakovski, pero confieso no lo leí. Me apasionaron más los marxistas ingleses en una época donde el peronismo menemista era una fiesta cara que disfrutaban pocos y pagábamos muchos/as sin laburo, reprimidos/as, exiliados/as económicos/as y otras yerbas. La épica peronista estaba tapada bajo el botox descomunal de los/as Menem/Yoma, el coro infaltable de los gobernadores (salvo un rumor muy muy de fondo de un grupo al sur) y la inteligentzia que anatemizaba como "apolítico" nada que no fueran sus autocríticas a los ´70, porque las que hacía el feminismo o la diferencia sexo-genérica era, para ELLOS, un chiquitaje.

En fin. En ese ruido de activismos (no decíamos militancias por sus connotaciones milicas), disco, drogas, pop, house, chill out, parrandas de días y alcoholes de efecto post viaje, al menos me enteré de este autor que recuperé ahora en mis ganas de ir a la tierra de los zares monárquicos, nomencladores y oligarcas.

Aunque detesto que los/as laburantes de Mercado Libre no se encuadren en el gremio de los bancarios, hay que decir que es una maravilla. Allí fui a buscar literatura rusa y ¡zas! apareció Maia al que comencé a perseguir por Buenos Aires hasta encontrar una maravillosa edición nacional de Editorial Platina. Una selección de obras de cuatro tomos de los que conseguí solo dos a cien mangos cada uno. Por suerte conseguí el tomo cuatro donde Vladimiro mezcla poema y prosa. Y entre esta última las impresiones de sus viajes garpados por URSS con fines de hacer crónicas: la de México chorrea evolucionismo darwinista, la de EE.UU es maravillosa. El ruso, maravillado pero en tensión, no deja de mostrar cara y contracara en una de las mejores crónica del impero yanki. Cuando lo leía se me vino a la mente otros autores que escribieron sobre gringoland y recordé el de Simone de Beauvoire que me había prestado Mabel Bellucci: América día a día. En este libro la devenida mujer, francesa, escritora y feminista hace un compendio de ese mapa que todos tenemos en la cabeza gracias al cine y la TV: Nueva Orleans y el jazz, Boston y el  conservadurismo, Texas y el petróleo, Nueva York y el cosmopolitismo. Libro maravilloso, pero sin las visitas a los puertos que Vladimiro hacía con militantes de izquierda y locales del Partido Comunista estadounidense al que les pedía opinión que registra en su crónicas como una trama más con alguna esperanza en esas huelgas de los años ´20, que quizá no era más que una pátina para los/as chequistas que seguro leían su obra.

En este incunable tomo de textos, también están los debates del soviético poeta con la cultura de su tiempo, hasta su última mojada de oreja, antes de suicidio, bajo el título Estenograma de la intervención de la Casa de Juventud Comunista del Barrio de Krasnopresnia, publicado el 17 de abril de 1930, tres días después que se matara no se sabe aún si por amor o hartazgo. O ambas cosas. 

Este libro fue un excusa para ahondar su vida, el modo en que la construcción del "socialismo" soviético fue una empresa dura, apasionante, con fiestas y varias ingratitudes. Mucho de lo que espero encontrar en la tierras de Putin si la devaluación nos deja todavía en pie.

"Camaradas, tal vez, con esto terminamos; mi garganta no da para más (Aplausos)"



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