CATITA, SI NO SABE, INVENTA. Por María Moreno

Por la Gran María Moreno

Un texto viejo para alguien que no envejece.


Hay que saber hasta qué punto llegar demasiado lejos. La frase, plagiada hasta el cansancio, ya no tiene dueño.
Y la mayoría de la gente no sabe sacarle jugo: cuando se cree al filo de la navaja, en realidad se halla parada sobre una alcantarilla mal iluminada; cuando considera que acaba de meterse en camisa de once varas, no ha hecho más que ponerse una remera limpia; cuando pasa la frontera de cerca, no lo hace con la cabeza fría sino pensando que todavía quedaba mucha vereda para el trote.
Según como se vea, a esta capacidad de la gente de calcular mal la distancia ideológica, imaginaria o moral, se la llama autocensura, prudencia, política o miopía.
Se dice que las mujeres van siempre demasiado lejos. Son las desbocadas de la historia, unas claustrofóbicas del cerca. Algunos afirman que esto sucede porque las mujeres no quieren saber nada de nada, tienen un espíritu de grano grueso y no pueden entender ni siquiera la noción de Alma sólo porque se dice que ésta no tiene precio. Una mujer no aprende, no porque sea "burra" sino porque el conocimiento sólo le interesa como adorno de quien la ama. "Él es el más sabio porque me ama a mí pero para amarme a mí es preciso que él sea el más sabio", suele decir movida por su habitual totalitarismo del sentir.
Por eso la mujer nunca será del todo colonizada. Cree y no cree. Se fascina pero de razón y corazón, sino para seguir amando y siendo amada. Una mujer nunca será del todo "aprendida". Entiende, pero como su espíritu es orejero, se equivoca para que le sigan hablando, rimando, cortejando. La mujer prueba un cachito de conocimiento y, si no le gusta, quiere seguir probando, mientras el cocinero de la idea sigue sacando paladas del horno. Ella siempre está lejos y su esencia es no saber cómo llegó hasta allí.
¿Adónde íbamos a parar? A Catita. Esperen que me baje de las ramas. A esto iba yo:
"Catalina Pizzafrolla, a sus pieses. Desde hoy una amiga más". El parlante de la radio dejaba escapar una voz engolada -aunque repleta de gallos- por lo que debía suponerse una mezcla de finura y pudor. El resto era una catarata de retruécanos que un locutor indulgente -Iván Casadó, más a menudo Juan Carlos Thorry- soportaba desde su lugar de maestro Ciruela o besamanos cultural. Fue así que Marina Esther Traverso (Niní Marshall) logró lo que Picasso y Moradora, que el nombre de Catita pasara al lenguaje popular como sustantivo.
Los otros personajes: Cándida, la mucama gallega; Lupe, la mujer golpeada; Jovita, la soltera; Don Cosme -ese viejo verde que hubo que "matar" porque la oportuna carta de un médico sugirió que esa voz forzaba las cuerdas vocales de su inventora-; Mónica, la pituca, llegaron a transformarse en una suerte de biografía social de Buenos Aires, de un museo oral que atravesaba el aire en las ondas emitidas por radio El Mundo.
Mucho nos han hecho reír algunos bienintencionados personajes de acción con la puesta en escena de su iniciación social. El Mingo se fascina con los grandes artistas hasta perder el habla, pero su intención es tener acceso a lo que lo excluye como "mersa", "bestia", o "analfabeto crónico". No deja de aspirar al vocablo difícil, a las maneras del periodismo televisivo, a un módico saber que le permita verduguear a otro peor que él. El Toto Paniagua quiere las maneras de la mesa de un cortesano, y para eso dignifica el conocimiento chanta de su profesor. La Chona coquetea hoy con dogmáticos e irrisorios dogmas psicológicos.
Pero Catita, de todos los personajes populares que hicieron de burros en radio o televisión, es la más revolucionaria. Ella puede meter en un búcaro de Lalique una planta de ruda macho, mandar a limpiar un espejo "manchado", pedir que le rebajen el precio de una Venus de Milo por su falta de brazos, enjaular un canario embalsamado sólo para no tener que limpiar la jaula. Para ella no hay maestro ni preceptos. Como una reina loca sitúa el poder en la apariencia y no cree ni siquiera en la existencia de un código que sea preciso respetar. Su "versión" es siempre libre, poco austera y libre también de culpa.
Ella ha llegado demasiado lejos. Su voz aguda, cacareante, es también autosuficiente. "¿A lo qué?" es la explosión de desdén con que enfrenta todo "aspamento" de sabiondo. Nos gusta, no sólo por su supuesto relevamiento sociológico -aunque encontrarle una utilidad es calmar su índole irrespetuosa y festiva- sino porque hace de los conocimientos, la educación, las buenas maneras del lenguaje, no elementos de "acceso" o de dominio, sino de alegre perversión, mezcolanza sacrílega, una valija de turco donde, junto al doctor, se ha dejado afuera al maestro Ciruela, al pedagogo que si no contagia su cultura de palabras cruzadas no disfruta, al higienizador de la lengua, bah, al imbancable más que uno.