La máquina del consenso liberal: Netflix y The Witcher

La clase media argentina, media alta y alta argentina no es apolítica: es a-partidaria, a-socializante, egoísta e insolidaria. Por eso festejó el voto no positivo del que tuvo sueños de ser Presidente de la Nación con una desestabilización de los sectores concentrados del campo. Ese día, lo que se aplaudió fue su decisión como un acontecimiento de "la" libertad. Para otres fue traición, defensa de intereses gansos mendocinos de la UCR, o intentos bobos de un burócrata golpista. Más allá de lo que fuera, esas gestas tipo Thoureau le encanta ese liberalismo garca que en EE.UU suele llamarse "libertario" que se opone al "igualitario" que suele ser intentar algún tipo de distribución, siempre dentro de los marcos de las relaciones capitalistas. Los temores del neocomunismo se lo dejamos al fascismo constructor de matanzas.

Como bien dice David Harvey, la construcción del consenso se construye siempre con la circulación de narrativas donde lo que se disputa es el significante que las organiza. Si la libertad se la considera como sagrada frente a la igualdad, tenemos a varies idiotas de la partidocracia liberal y organizaciones de diversidad, feministas, ecologistas hasta indígenas, et. al., de derecha e izquierda. Frente a este modo e producir relatos y tramas, si la igualdad es agitada sobre la libertad, la producción de consensos distributivos suele encontrar mejor terreno. No vamos a discutir como superar esta falsa dicotomía, pero no deja de sorprender el modo en que la industria cultural produce esos discursos libertarios políticos hasta en esta serie pochoclera que varies devoramos porque nos gusta la ciencia ficción y porque el actor de Superman está mas fuerte que patada de allanamiento. Pero dejando ambas actitudes de empalago, no es nada difícil ver la trama: un brujito rebelde que hasta se peleó con su sociedad de magos/as, se enfrenta a un nuevo imperio al que consideran "religioso" y que avanza a fuerza de matanzas y hechizos en nombre de la "Luz Blanca". No es cosa de adorar la idea de un califato o un estado cristiano, judío, budista, islámico, etc., pero en el gesto canchero del maguito no se puede dejar de leer ese héroe liberal libertario que en una combinación de cinismo, amor "desinteresado", pesimismo, palazos y hechizos, se alía,  circunstancialmente, a su viejo club de magia para que no ganen los "fanáticos", los/as militantes de una sociedad "regimentada", es decir, un imperio que había sido relegado pero que bajo un delirio de la magia cerró filas y avanza contra el opresor. El mago no va contra los malos, sino contra los/as organizados/as. Igual sepan que esperamos la segunda temporada, porque el problema no es ver, sino adiestrar la mirada en un mundo donde volcamos casi siempre al atajo por necesidad, defensa o atajo.